Todo empezó con un simple comentario: "a esa vieja se le olvidaron los pantalones". Era una mujer alta, vestía una blusa color mamey y unos shorts muy pequeños color azul. Yo fui honesta cuando dije: quisiera tener el valor que ella tiene para ponerse esa ropa y salir a la calle. Y lo repito, fui honesta.
Yo comencé a engordar como a los 10 años, no recuerdo muy bien porqué razón mi cuerpo comenzó a acumular más grasa. Pero pasó que mi mamá un día, cuando me llevó a comprar ropa interior, creó sin saberlo el trauma más grande con el que he tenido que lidiar durante casi 20 años.
Ojo. No puedo culpar a mi mamá. No ahora que tengo 30 años, pero este camino comenzó el día que mi mamá me forzó a mirarme al espejo mientras sostenía una foto en la que yo salía más delgada. Era simple, practicaba 4 horas diarias para estar en el equipo de nado sincronizado. Sólo que un día vi cómo las niñas le abrían la puerta a una nena del equipo y se burlaron de su cuerpo y desde entonces no quise volver. Yo no quería ser sometida a una humillación que se estaba convirtiendo en una costumbre dentro del equipo. Así que simplemente dejé de ejercitarme y continué comiendo como lo hacía cuando era una deportista. Sólo que eso es algo que nunca le conté a mi mamá y ella simplemente veía cómo su hija comenzaba a acumular grasa y a requerir tallas más grandes de ropa interior.
Mi mamá me forzó a mirarme durante unos minutos en el espejo y yo lo único que veía era su desaprobación. Empecé´a llorar, no quería mirar, pero ella me levantó la cara y me forzó a mirar mi cuerpo. En mi familia todas las mujeres han sido gordas y mi mamá es la única que siempre movió mar y tierra para mantener su figura de 90-60-90. El sobrepeso para ella no era una opción.
Me imagino que para ella no fue fácil ver cómo su hija iba engordando como lo habían hecho todas las mujeres de su familia. Y es así como pienso que comenzó el camino del rechazo y la reconciliación con mi cuerpo femenino. Me pasó como los cantos y las leyendas, de madre a hija, a través de las palabras.
El rechazo al cuerpo comienza con las palabras que otros nos dijeron: palabras de burla o de rechazo. Y son palabras que duelen, que dejan una marca invisible y nos roban lentamente la felicidad. Yo ya no podía mirarme al espejo de la misma manera y apenas tenía 10 años.
Seguí engordando y para cuando tenía 13 años estaba preocupada. Quién iba a quererme con unos kilos de más? Ya sentía que mi mamá no me quería. Mi temor a no ser amada o aceptada me llevó a cometer verdaderas estupideces. No sólo fueron dietas, tecitos nefastos que te dan diarrea para que te deshidrates 10 días. Fue lo que más adelante se diagnosticaría como principios de bulimia.
Yo amaba la comida, me encantaba su sabor. Sólo era el resultado de la comida lo que no quería. Así que era más fácil comer y después ir a vomitar. En esa época también comencé a pedir que me compraran mi revista mensual De 15 a 20 en la que aparecían niñas más altas y delgadas que yo. No sólo deseaba vestirme como ellas sino que de pronto nada de lo que era propiamente mío me gustaba.
Mi pelo no era lacio, mi abdomen no era plano y en cuestiones de altura... ni siquiera hoy alcanzo fácilmente los muebles de la cocina.
Creo que nunca me sentí tan insuficiente y poca cosa como cuando fui adolescente. Es una época en la que no sólo vives los cambios hormonales más cabrones de tu vida, sino que además tienes que lidiar con un bombardeo mediático cuyo único mensaje es que no eres suficientemente en nada.
Y cada verano en la playa era lo mismo. Veía el mar y lo único que quería era correr hacia él y nadar como cuando era niña, pero la vergüenza que sentía de mi cuerpo me dejaba sentada toda la mañana, mientras miraba cómo otros se divertían y estaban en movimiento.
El no aceptar mi cuerpo me robó durante muchos años la alegría de vivir. Porque cuando no aceptas tu cuerpo simplemente no aceptas la vida tal y como va llegando.
El camino a la reconciliación
Para mí, la aceptación de mi cuerpo ha significado el reconquistar espacios y vivencias a las que fui renunciando por sentirme insegura. Es como si al aceptar un comentario negativo en el que se critica tu cuerpo perdieras una batalla y de castigo te retires al exilio de la vida misma. De pronto la playa ya no es un espacio en el que disfrutas del sol y el mar, sino un escaparate en el que tu cuerpo te hace vulnerable y necesita ser cubierto para poder andar. Comprar ropa se convierte en un motivo de frustración porque has crecido y nunca en tu vida gozaste del privilegio de ser talla 0.
Yo sé que esto no es nada nuevo y que al hablar de este tema no estoy descubriendo el hilo negro. Pero ése es justamente el problema: Después de 20 años de saber que no hay cuerpos perfectos, sigo librando una batalla para aceptar y disfrutar mi cuerpo.
Por qué si sabemos que las revistas muestran una "realidad" modificada con Photoshop continuamos sintiéndonos mal con lo que miramos en el espejo? por qué permitimos que niñas de 7 años se vean afectadas en su autoestima y presenten casos de anorexia?
Tal vez nosotros mismos no hemos sabido cómo reconciliarnos con nuestro cuerpo y por eso mismo permitimos de forma inconsciente que los niños padezcan la misma agresividad mediática que nos bombardea con estereotipos que ni siquiera existen. Las muñecas Barbie no han dejado de venderse. No hemos dejado de imponer ciertos estereotipos a los jóvenes. No hemos dejado de juzgar a la "mujer valiente" que ama sus piernas con celulitis y sale al bar con unos shorts pequeños y ajustados.
A mí me ha costado mucho aceptar que vivo librando una batalla en la que prácticamente es mi cuerpo el que me padece. He recorrido un camino que aún no concluyo pero quisiera compartir lo que he hecho para aceptarme y quererme.
Un bikini amarillo
Lo primero que hice pasó cuando tenía 15 años. Le pedí a mi papá que me comprara un bikini. En el universo de las revistas que yo leía sólo las modelos cuyo abdomen es perfectamente plano y marcado pueden llevar un bikini sin verse ridículas. Así que mi papá me llevó a comprar un bikini, me ayudó a cambiar las tallas porque obviamente tenía menos pechos que cadera y después me llevó a la playa. Cuando sentí la frescura del agua en mi barriga decidí que nunca más iba a sacrificar esa caricia que el mar me daba sólo por miedo a que los demás se dieran cuenta de que no soy delgada.
Un atardecer nadando
Después, cuando estudiaba la preparatoria veía a las niñas de los equipos de natación y sentía envidia. Yo quería ir a nadar a las albercas que habían en las instalaciones cabronas y enormes del Tec, pero sentía tanta pena de mi cuerpo que mejor me salía en los recesos y me iba con mis amigos a fumar. Toda mi preparatoria está marcada por experiencias que pudieron matarme y yo no estuve sola. Mis amistades también tuvieron que lidiar con problemas de adicciones, anorexia y soledad.
Cómo fue posible que contando con tantos medios para disfrutar esa etapa, nosotros estuviéramos todo el tiempo tan drogados y tristes? Durante más de 5 años pasé mi vida borracha, fumando... y llegué a pesar 70 kilos. Nunca entré a la alberca mientras estuve en la prepa, tampoco jugué tenis con nadie, prefería pagar clases particulares a tener que convivir con equipos en los que podía ser rechazada. En esa época necesitaba tomar para animarme a decir hola. Lo único que escuchaba de mi mamá es que no tenía tolerancia a la frustración y que era débil, y en la familia no faltaba el primo imbécil, dedicado a hacer burlas sobre mi peso. Mis sobrenombres familiares eran: tanquecito de guerra y enana. Sí, me daban risa, pero también me lastimaban.
Tuve que alejarme de esa época. Olvidarla. Perdonarla. Hundirme un poco más. Volver. Tuve que aprender a callar a quienes me dañaban, aunque después dijeran que era agresiva, que no tenía modales. Y la pasé muy mal. En más de una ocasión, por exigirle respeto a los demás he sido catalogada como loca o bipolar.
Cedí el poder a gente que no cuida lo que sale de su boca. Gente inconsciente que critica los cuerpos de las demás personas y no mide el daño que les hace. Durante mucho tiempo me castigué al no poder vivir lo que tanto quería, hasta que poco a poco fui "reclamando" mi derecho a disfrutar mi cuerpo. Dejé de tomar. Dejé de fumar. Dejé a los amigos de esos tiempos. Descubrí otras formas de alimentarme y de pasar mis tardes. También tuve que aprender a divertirme y relacionarme sin pretextos como el cigarro o las fiestas. Bajé de peso y tuve que lidiar con la inseguridad de mi pareja, con los piropos indeseados de los hombres en las calles. Y la inseguridad volvía.
Pero para cuando más dispuesta estaba para recuperar mi vida enfrenté una nueva noticia. A los 25 años, después de unos cuantos excesos, estaba enferma. Su nombre: síndrome de Hashimoto. Su especialidad: atacar a mi tiroides, la cual por cierto, regula los procesos metabólicos que entre otras cosas se encargan de la asimilación de nutrientes y acumulación de la grasa.
Yo no sabía, pero cuando pesaba 70 kilos realmente estaba enferma. Curiosamente fue la época en la que mi "mejor amigo" más se burló de mí por mi gordura. Me pellizcaba la panza, se reía de mi cara redonda... Sí, es cierto, las personas más cercanas son las que más nos hacen daño con sus comentarios, porque les da risa, porque quizá su cercanía hace que olviden los modales más básicos o la empatía.
El doctor me indicó algo que cambió mi vida: Tienes que hacer ejercicio, diario. Es la única forma de atacar tu enfermedad. Ejercicio y dieta libre de gluten. No tenía otra opción, pero tenía miedo. Los niños le temen a la oscuridad. Yo a los 28 años le tenía miedo al gimnasio. De nuevo tenía que enfrentarme al temor de ejercitarme en un lugar público. El gym me daba mucha pena, sobre todo la parte dónde se levantan pesas llena de hombres, mamados, que miran a las mujeres de cierta forma.
Hay alguien que le ha tenido miedo a un gimnasio? Yo creo que sí, por algo en mercadotecnia cada vez más aumentan los servicios dirigidos hacia las mujeres que no quieren ser atacadas, molestadas, hostigadas o como ustedes quieran llamar a esa sensación de no querer ser vista por los otros. De qué nos protegemos no lo sé, pero creo que las mujeres somos más vulnerables a estos procesos de percepción que los hombres.
A los 28 años regresé al Tec para estudiar la maestría en Querétaro y ahí había una alberca. No era tan profunda, tan grande, pero tenía algo: estaba el sol todas las tardes brillando, al aire libre. Yo caminaba por ahí, veía el agua, sentía tantas ganas de sumergirme en ella. Pero de nuevo, estaba gorda. Cómo iba a ir a nadar, cómo iba a mirarme alguien en traje de baño...
Después pensé en mis últimos 10 años escolares. Siempre estuve en escuelas que tenían instalaciones cabronas... desperdiciando.
Así que decidí que así como me había puesto un bikini para sentir la sal del mar en mi cuerpo, así debía reconciliarme con el agua de las albercas en las que hay hombres que miran atentos mientras te sumerges. Primero conquiste el cloro de la alberca y después las caminadoras del gimnasio.
Ha sido un proceso. Todos piensan que soy una persona segura, autónoma y alegre. Cuando me describen así pienso "De quién hablan?" qué no saben de mi miedo a la zona de pesas en el gimnasio?
Mi último logro fue ser la única mujer en las clases de boxeo, junto a la zona de pesas, lanzando golpes.
Y es así como he ido recuperando espacios para sentirme feliz y disfrutar la vida. Empecé con el mar, después seguí con el gimnasio. Mi reto actual... la cama. Todavía no puedo desnudarme frente a un hombre sin sentir que debo cubrir mi cuerpo, pero estoy en el proceso.
Agradezco a todas las amigas que el día de hoy compartieron conmigo sus "traumas" y experiencias. Por favor, continúen reflexionando sobre el tema y dejen un comentario en el blog.
La única forma de vencer este rechazo es hacerlo consciente al traerlo a la superficie con nuestros relatos.
Creo que si comenzamos por aceptar nuestro cuerpo podremos aportarle algo diferente a las generaciones que nos siguen.
Monse
No hay comentarios:
Publicar un comentario