domingo, 22 de diciembre de 2013

Amor que sofoca

Sólo van a entenderme quienes saben lo que es padecer el polvo, los espacios cerrados con humo de cigarro, los perros, los gatos y así sucesivamente. Se llama asma, pero a mi terapeuta le gustaba definirla como un sutil e inevitable "Amor que sofoca".

Yo en las sesiones me volaba... imaginaba a un narco con un pañuelo azul y un frasco lleno de amor. (En mi mente los narcos siempre han sido vaqueros muy sensuales y masculinos que matan sólo por hambre de sangre, pero en el fondo son buenos: aman). El narco sumergía el pañuelo en el frasco para que tuviera suficiente amor y después lo metía en mi boca como una manzana. Entonces ya no estaba tan contenta y volvía a mi terapia. La sensación del pañuelo cerca de mi garganta me devolvía la ansiedad de mis ataques nocturnos.

Sólo van a entenderme quienes han dejado de respirar por las noches, esperando.

Y luego están las alergias... esa "delegación del poder propio" que hay que manejar con mucha, muchísima "comprensión amorosa"¿Sabe usted lo que es la comprensión amorosa? Era el concepto favorito de mi querida Mercedes, quien por cierto, tenía un gato persa que me miraba fijamente en las terapias. Muy bonito, blanco. Lástima que para mí sólo fuera una bola de pelos muy peligrosa como para acariciarla.

"Comprensión amorosa es ser empática contigo misma. Creciste en un ambiente lleno de exigencias, en el que siempre se esperaba algo de ti. Comprensión amorosa es no ser tan severa contigo, permitirte cometer errores sin castigarte cruelmente".

Yo volaba buscando la calma... me iba al jardín de mi casa. Cuando era niña amaba las plantas. Mi mamá le pidió al jardinero que hiciera un espacio en un rincón del jardín, lejos de los rosales y los árboles frutales que me ayudó a plantar. Apareció un rinconcito de arena para que yo jugara. Pero yo quería todo el jardín. Yo no quería un arenero. Yo quería una selva húmeda y salvaje, no un jardín con pasto bien recortado y regado. Y mi mamá lo entendió.

Los árboles me compartieron su sombra aunque yo los ahogara con la manguera. Doroteo y Clarabella, mi loro y mi cotorra en extinción, eran salvajes a mi lado y se bañaban en los charcos que se acumulaban en el pasto.

Yo quería lombrices y piedras. Yo quería lodo.

Todas las tardes llegaba de la escuela, lanzaba los zapatos y me sumergía en la selva que mi mamá había creado para mí. El pasto era agua, los árboles eran seres salvajes que devoraban mi alma y la convertían en fruta. Yo me devoraba amarga para rescatar mi esencia. Era curandera y bruja; curaba con raíces y robaba juventud de la baba que los caracoles esparcían en mi cara.

"Tus alergias son un llamado de tu cuerpo, el sarpullido de tus brazos es una emoción que no estás expresando".

Pero a mí sólo van a entenderme quienes un día, inocentes, conocieron el latido enorme de la tierra y quedaron unidos a un silencio triste.




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