La soledad es útil.
En ella descubres rituales secretos de
tu cuerpo imposibles de sentir si estás acompañado.
El cuerpo, mi cuerpo, es leal. Es cómplice; su eternidad
necesita claves. Hay que desmenuzarlo como la carne de un pollo. Nunca he
desmenuzado un pollo. Yo, en general, no cocino. Tampoco me gusta el pollo.
Pero pienso la eternidad de mi cuerpo como la carne blanca. Yo me desmenuzo.
Mi piel es roja. Es un espacio
andante que se descifra en silencio. De niño te miras al espejo,
te tocas. El tacto es inmediato.
Gritas y expulsas sin pena lo que no te pertenece. Luego el aliento
se presenta como algo propio que puede compartirse con gusto. El cuerpo besa y sin besos muere. Huele a flores y fruta; es un
otoño de leche tibia con miel.
Después se ensucia y sumerge en el lodo del tiempo. Es una
pausa.
Las orejas, la nariz, el pecho, la barriga, crecen.
El pelo cae.
La piel se arruga
Los brazos, los labios y las piernas se enredan con otros.
Los pies y las manos se aferran y sofocan.
Los dientes y huesos a veces se rompen.
El ser tropieza y la mirada quiere volver.
La soledad es útil. En ella detonan los recuerdos tristes que tu cuerpo atesoró inocentemente.
El olvido es una forma de guardar silencio. Mi cuerpo es leal. Es cómplice. Mi
carne blanca ha sido paciente conmigo. Yo la desmenuzo porque soy muy cruel.
Su dolor es obvio: eso no significa que yo pueda asumirlo
fácilmente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario