miércoles, 11 de diciembre de 2013

Aquí lo que vendemos es café


No están ustedes para saberlo, pero yo tiendo a aislarme cuando no me siento bien. Hay gente que hornea pasteles, otros beben, beben, beben... yo no. Yo me guardo, y últimamente el no saber muy bien qué quiero me está provocando mucha angustia. A veces busco ayuda con los amigos pero... con todo respeto, creo que están igual o más perdidos que yo. Los que tienen trabajo lo odian, los que no lo tienen tampoco lo anhelan. Ésta es una época rara en la que nadie sabe muy bien qué hacer con lo que siente, independientemente de lo que esté pasando afuera.

Pero el aislamiento tampoco paga bien. Así que ayer decidí trabajar en un café del Viejo San Juan.
No sabía muy bien qué café elegir, lo que quería era conectarme para recolectar información sobre procesos y así sentir que, aun sin estar trabajando en el escritorio de una empresa, estaba siendo productiva.

Ayer la lluvia eligió por mí y me lanzó a un café que ni siquiera tenía su nombre escrito en la entrada, pero estaba ahí y tenía techo. Era un café diferente a los cafés de la zona que regularmente están enfocados en atraer turistas que llegan con los cruceros. Ayer sentí que estaba en Veracruz. Habían viejitos jugando ajedrez, de ésos que son elegantes y usan sombreros. Habían jóvenes bohemios como salidos de un circo viejo. Pero yo lo que quería era conectarme para investigar sobre procesos de empacado de alimentos. Así que me acerqué a la barra y pregunté: disculpe joven, tiene interné?

Lo que pasó después definitivamente no era lo que yo esperaba. El tipo me dice con un tono serio: "Ven para acá...Ven para acá y huele esto". Sacó un puñadito de café y lo acercó a mi nariz. Qué amable gesto, casi lo inhalo todo... Mira, seguramente es un café muy bueno pero yo lo que quiero es trabajar, le dije amablemente, lo prometo.

Aquí lo que vendemos es café, no internet. Si quieres internet vete a un Starbucks.

Bueno, no recuerdo bien si tal cual me mandó a un Starbucks, pero sí fue enérgico con su argumento y para mis pulgas pude haberme ofendido mucho. Dicen que a veces soy un poquito quisquillosa. Poquito. Pero el tipo tenía un punto. Así que le dije: mira, yo en Puerto Rico sólo he probado el Café Yaucono y me gusta.

Error decirle al tipo de los ojos cristalinos que yo en esta isla sólo había probado ese ordinario y vulgar café... Error decirle que "sabía rico"(Pues qué carajos quiere... no soy una barista).

"Yo quiero un café y quiero sentarme a buscar información para que las cosas tengan un poco de sentido"pero él siguió en su defensa hasta que acordamos lo siguiente: yo probaría su café exquisito, inigualable e irreal y él me dejaría adueñarme de una esquina junto a la ventana. Era un trato justo.

Me senté en la esquina, en un sillón amarillo que me recordó la sala de mis abuelos, y poco a poco fui observando a las personas que llegaban. Todos me parecieron interesantes. Me habría sentado a conversar de nada con cada una de las personas que entraron y salieron en el transcurso de las dos horas que estuve ahí.

Sin internet sólo pude revisar a detalle la redacción de mi manual. No revisé mi estatus en facebook, no me llegó ningún correo, y si llegó nunca me enteré. En cambio platiqué con el señor de la barra, reí mucho con sus comentarios de locura y arte. No sólo me sentí acompañada; por primera vez en meses sentí que alguien comprendía mi angustia y mi falta de sentido. También coincidí con una persona que ya había llamado mi atención en una librería. Platicamos un ratito. Un pequeño pequeño ratito que me supo tan rico como el café latte que probé. Todo eso en dos horas de lluvia, desconectada del mundo en un café sin nombre...


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