Hace diez años viví en Argentina durante un año. Aprendí de Buenos Aires lo suficiente como para comprender la siguiente frase: "Boluda, se me cayó la estantería". Esas palabras... por qué me daban tanta risa? La idea de pensar en la dedicación que a veces tenemos para hacer planes sin saber realmente lo que queremos es cosa seria, y luego llegan las olas del mar y en un segundo borran de la orilla nuestro frágil castillo de arena. Boluda, se me cayó la estantería...
Tenía 25 años cuando me enamoré profundamente de alguien. Sentí ese amor que llena el cuerpo, ocupa la mente e invade la razón. Toda yo irradiaba luz. Estaba enamorada y me sentía plena. Pero las cosas al final no resultaron. Así que a los 26 aprendí de mala manera lo que es tener el corazón destrozado e inicié una caída en espiral que hoy extrañamente puedo valorar.
Se me cayó la estantería, no hay más. No entendía mi vida, no sabía hacia dónde moverme. Todo me dolía. El DF me dolía todito. No quería comer, no podía dormir. Qué se supone que uno debe hacer después de las olas del mar?
Mudarme. Esa fue mi solución. Me fui a vivir a San Miguel de Allende. Me retiré del mundo. Me retiré con los que se retiran y jugué domino los martes y los jueves. Tomé la siesta de 3 a 4 y fui a la plaza a escuchar boleros. Envejecí a los 27 años.
Fue una época extraña. Hay gente que llena su casa de gatos, utiliza ropa rota, no se corta las uñas... yo compraba plantas. Tuve en esa época la terraza más floreada y sola del conjunto. Me decían "la joven viuda". Nadie entendía porqué una mujer de mi edad vivía en un conjunto para personas retiradas. Era, sin exagerar, la más joven y la única soltera. También tenía el peor humor del mundo.
No sé si todos en el mundo sepan lo que es pasar un año sin reírse. Yo sí.
Después tuve un sueño y por obedecerlo me mudé a Querétaro. Dormí en el suelo, tuve una roomie que tenía un perro nefasto que se comió mis tacones y orinó mi sillón de rosas... pero aprendí a vivir con alguien, aunque no fue fácil.
Querétaro fue un limbo suave. Obtuve una beca, estudié una maestría... y me fui reinventando poco a poco. Mientras, mi personaje arisco aún ocultaba mi corazón triste... y ahí estaba yo, sufriendo el calor, mientras mis brazos se llenaban lentamente de pecas.
Poco a poco fui admitiendo mi herida. No quería decirle a nadie que había perdido; que no había sabido manejar la pérdida de lo que un día imaginé para mí. Pero la realidad es que nunca tuve una expectativa clara. La vida ponía en mi camino objetos y yo los hacía míos porque estaban ahí. Yo nunca le he dicho a la vida: yo quiero esto. Me siento pequeña y poca cosa. Cómo voy a pedirle algo si me ha dado todo. Cómo atreverme a pedir más? Así que en Querétaro tuve el trabajo que la vida puso en mi camino. Tuve los amores que la vida dio. No tengo filtro. Tomo las cosas como llegan y eso ciertamente es un error.
Andar por la vida sin saber qué es lo que realmente se desea sale muy caro. Mudarse y mudarse para olvidar a alguien... también es caro. La cobardía paga mal.
Ahora estoy en Puerto Rico... vine con todas las ganas de armar de nuevo un castillo, pero la isla ha dejado muy claro que aquí las olas también pueden derrumbarme.
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