sábado, 28 de diciembre de 2013

Afuera el sol

Hay un punto en el que simplemente hay que soltar. Relajar las manos. Liberar la mandíbula. Sacudir las nalgas. Rendirse.

¿Por qué si se escribe tan fácil es tan difícil parar? 

Afuera la gente camina. Turistea.
El sol está delicioso.
A un costado hay un anciano que con un popote mueve su café.
Sobre la mesa está una cuchara.
Detrás de mí está una anciana que prepara el café. Viste esas medias para várices color carne que me mandan al pasado.
Afuera un turista toma fotos.
Afuera un niño hace burbujas con jabón.
Adentro yo.
Adentro yo estornudo bien fuerte y escupo el café.
A un costado el anciano me dice: salud.
Adentro yo, agradezco.

Le doy gracias a la tarde por estar tan fresca. Le doy gracias al anciano por ser amable conmigo. Agradezco a la señora que pasea a su bebé en una carreola. Agradezco al gringo que fuma un puro.


El sol está delicioso… cuándo dije que me iba?

jueves, 26 de diciembre de 2013

Piel de gallina

La soledad es útil. En ella descubres rituales secretos de tu cuerpo imposibles de sentir si estás acompañado.

El cuerpo, mi cuerpo, es leal. Es cómplice; su eternidad necesita claves. Hay que desmenuzarlo como la carne de un pollo. Nunca he desmenuzado un pollo. Yo, en general, no cocino. Tampoco me gusta el pollo. Pero pienso la eternidad de mi cuerpo como la carne blanca. Yo me desmenuzo.

Mi piel es roja. Es un espacio andante que se descifra en silencio. De niño te miras al espejo, te tocas. El tacto es inmediato. Gritas y expulsas sin pena lo que no te pertenece.  Luego el aliento se presenta como algo propio que puede compartirse con gusto.  El cuerpo besa y sin besos muere. Huele a flores y fruta; es un otoño de leche tibia con miel.

Después se ensucia y sumerge en el lodo del tiempo. Es una pausa.

Las orejas, la nariz, el pecho, la barriga, crecen.
El pelo cae.
La piel se arruga
Los brazos, los labios y las piernas se enredan con otros.
Los pies y las manos se aferran y sofocan.
Los dientes y huesos a veces se rompen.
El ser tropieza y la mirada quiere volver.

La soledad es útil. En ella detonan los recuerdos tristes que tu cuerpo atesoró inocentemente. El olvido es una forma de guardar silencio. Mi cuerpo es leal. Es cómplice. Mi carne blanca ha sido paciente conmigo. Yo la desmenuzo porque soy muy cruel.


Su dolor es obvio: eso no significa que yo pueda asumirlo fácilmente.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Amor que sofoca

Sólo van a entenderme quienes saben lo que es padecer el polvo, los espacios cerrados con humo de cigarro, los perros, los gatos y así sucesivamente. Se llama asma, pero a mi terapeuta le gustaba definirla como un sutil e inevitable "Amor que sofoca".

Yo en las sesiones me volaba... imaginaba a un narco con un pañuelo azul y un frasco lleno de amor. (En mi mente los narcos siempre han sido vaqueros muy sensuales y masculinos que matan sólo por hambre de sangre, pero en el fondo son buenos: aman). El narco sumergía el pañuelo en el frasco para que tuviera suficiente amor y después lo metía en mi boca como una manzana. Entonces ya no estaba tan contenta y volvía a mi terapia. La sensación del pañuelo cerca de mi garganta me devolvía la ansiedad de mis ataques nocturnos.

Sólo van a entenderme quienes han dejado de respirar por las noches, esperando.

Y luego están las alergias... esa "delegación del poder propio" que hay que manejar con mucha, muchísima "comprensión amorosa"¿Sabe usted lo que es la comprensión amorosa? Era el concepto favorito de mi querida Mercedes, quien por cierto, tenía un gato persa que me miraba fijamente en las terapias. Muy bonito, blanco. Lástima que para mí sólo fuera una bola de pelos muy peligrosa como para acariciarla.

"Comprensión amorosa es ser empática contigo misma. Creciste en un ambiente lleno de exigencias, en el que siempre se esperaba algo de ti. Comprensión amorosa es no ser tan severa contigo, permitirte cometer errores sin castigarte cruelmente".

Yo volaba buscando la calma... me iba al jardín de mi casa. Cuando era niña amaba las plantas. Mi mamá le pidió al jardinero que hiciera un espacio en un rincón del jardín, lejos de los rosales y los árboles frutales que me ayudó a plantar. Apareció un rinconcito de arena para que yo jugara. Pero yo quería todo el jardín. Yo no quería un arenero. Yo quería una selva húmeda y salvaje, no un jardín con pasto bien recortado y regado. Y mi mamá lo entendió.

Los árboles me compartieron su sombra aunque yo los ahogara con la manguera. Doroteo y Clarabella, mi loro y mi cotorra en extinción, eran salvajes a mi lado y se bañaban en los charcos que se acumulaban en el pasto.

Yo quería lombrices y piedras. Yo quería lodo.

Todas las tardes llegaba de la escuela, lanzaba los zapatos y me sumergía en la selva que mi mamá había creado para mí. El pasto era agua, los árboles eran seres salvajes que devoraban mi alma y la convertían en fruta. Yo me devoraba amarga para rescatar mi esencia. Era curandera y bruja; curaba con raíces y robaba juventud de la baba que los caracoles esparcían en mi cara.

"Tus alergias son un llamado de tu cuerpo, el sarpullido de tus brazos es una emoción que no estás expresando".

Pero a mí sólo van a entenderme quienes un día, inocentes, conocieron el latido enorme de la tierra y quedaron unidos a un silencio triste.




sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Y cómo qué quieren que hagamos con su cagadero?

Mi papá nació en Puebla, en el año de 1951 y creció en el barrio de Azcapotzalco, una zona industrial del Distrito Federal en la que alguna vez además de fábricas existieron alfalfares. A los 27 años, ya tenía un trabajo, 3 hijos y una casa.  En su adolescencia vivió la opresión y la censura del gobierno de Díaz Ordaz, y más tarde tuvo que sobrellevar las crisis políticas y económicas que no han dejado de azotar a nuestro país.

Yo nací en 1983, en un hogar de clase media, en el cual se me dio el privilegio de asistir a colegios privados, no porque a mis padres les fascinara pagar por mi educación; simplemente, querían evitar las numerosas huelgas que caracterizan a las escuelas públicas de México.

Crecí en Satélite y mi educación fue católica porque a mi mamá le preocupaba mucho que yo viviera en un mundo "sin valores", así que si alguien quisiera juzgar mi punto de vista podría incluir esa educación llena de prejuicios dentro de mi "bagaje cultural". Soy la típica burguesa que ha vivido en la comodidad. Estudié una carrera relativa a las artes en la Ibero, he viajado y vivido en otros países. Nada de eso me desacredita: Puedo hablar sobre la desigualdad y la pobreza que hoy se vive en México.

A mí me educaron para sobrevivir una guerra no declarada. Crecí estudiando mucho porque más tarde las cosas iban a estar muy cabronas y yo iba a necesitar todo tipo de artefactos académicos para librar la batalla, simplemente por haber nacido en un país en el que la única constante que vale recordar es el saqueo.

No vale la pena hablar de cómo cuando fuimos niños llenaron nuestro imaginario con figuras imbéciles como la del dichoso Pipila. Tampoco es válido que nos desacrediten como jóvenes burgueses que chillan y chillan y maman y maman. El término NINI es injusto para una generación que está teniendo que enfrentarse a sistemas sociales, políticos y económicos sumamente desiguales.

Sí, es cierto, como generación estamos evadiendo la realidad. No somos revolucionarios como en los años Sesentas. Tampoco contamos con la capacidad de mantener movimientos coherentes y de mayor impacto (Yo Soy 132) y mucho menos tenemos ganas de manifestarnos para después terminar en la cárcel y ser víctimas de abusos por parte de policías que pesan más de 100 kilos y sólo utilizan la Constitución para aceptar billetes en la página 100.

¿Qué se supone que tenemos que hacer para enfrentar una realidad que ofrece en su menú abuso, desempleo, desigualdad y pobreza? Cómo se supone que las nuevas generaciones debemos manejarnos ante reformas energéticas llenas de intereses que parecen ignorar nuestra realidad actual? 

Hace poco leí una nota publicada en la Revista Proceso de Juan Pablo Proal titulada "La Generación Zoé" en la que el autor detecta una clara indiferencia de la juventud mexicana ante la peligrosa situación política que se vive en el país. Leí la nota y está llena de verdad. Ya ni siquiera los artistas tienen ganas de escribir canciones que denuncien lo que está pasando en nuestro país.

Yo me quedé pensando... por qué Molotov ya no le tira al sistema como lo hacía antes? Yo iba en la secundaria cuando en las fiestas cantábamos "Porque no nacimos donde no hay qué comer, no hay porqué preguntarnos cómo le vamos a hacer y si nos pintan como unos huevones... no lo somos ¡Viva México cabrones!"... éramos unos pubertos, eso nadie lo niega, pero ya intuíamos el tamaño de la masa de mierda a la que habría que enfrentarse. Con todo respeto, quién va a querer ser el primero en dar la cara ante esto? La culpa no es de Paris Hilton.

Esas fiestas para nosotros ya se terminaron. Ya crecimos. Algunos nos "armamos" lo mejor que pudimos, con licenciaturas y maestrías y cuanto diplomado en línea iba apareciendo. Pero da exactamente lo mismo. Los estudiantes de escuelas públicas y privadas nos hemos reencontrado en las calles. No importa si en la secundaria ya llevabas una laptop que iba introducirte a un mundo lleno de tecnología. No importa si pagaste por claves para terminar la preparatoria abierta. La educación en México ya no vale nada y el que lo dude puede tomarse un café y leer las 3 ofertas de trabajo publicadas.

¿Qué se supone que debemos hacer? Salir a la calle indignados y romper vidrios? Estudiar otra maestría para que nuestro salario aumente de 8 a 10 mil pesos? Volvernos emprendedores?

No es ni evasión ni intolerancia a la frustración lo que caracteriza a nuestra generación. Somos una generación impotente e indignada que no sabe ni por dónde empezar para corregir los desmadres de las generaciones anteriores.

Somos la generación que no quiere pagar el Fobaproa, que no quiere leer noticias sobre la reforma energética. Ni siquiera queremos ver a nuestro presidente hacer el ridículo y el derecho a no querer mirar es de los pocos derechos que nos quedan.

No contamos ni con las herramientas ni las ganas para lidiar con el abuso, los excesos y la indiferencia de aquellos que hoy "dirigen" este país hacia un precipicio. Desgraciadamente, tampoco estamos a la altura de lo que se requiere para frenar su avaricia.

Así que sólo somos la generación que se evade, que experesa su indignación en su estatus de Facebook mientras espera a que toda una camada de políticos haga el favor de morirse, y de paso, deje de matar a nuestro país.



miércoles, 11 de diciembre de 2013

Aquí lo que vendemos es café


No están ustedes para saberlo, pero yo tiendo a aislarme cuando no me siento bien. Hay gente que hornea pasteles, otros beben, beben, beben... yo no. Yo me guardo, y últimamente el no saber muy bien qué quiero me está provocando mucha angustia. A veces busco ayuda con los amigos pero... con todo respeto, creo que están igual o más perdidos que yo. Los que tienen trabajo lo odian, los que no lo tienen tampoco lo anhelan. Ésta es una época rara en la que nadie sabe muy bien qué hacer con lo que siente, independientemente de lo que esté pasando afuera.

Pero el aislamiento tampoco paga bien. Así que ayer decidí trabajar en un café del Viejo San Juan.
No sabía muy bien qué café elegir, lo que quería era conectarme para recolectar información sobre procesos y así sentir que, aun sin estar trabajando en el escritorio de una empresa, estaba siendo productiva.

Ayer la lluvia eligió por mí y me lanzó a un café que ni siquiera tenía su nombre escrito en la entrada, pero estaba ahí y tenía techo. Era un café diferente a los cafés de la zona que regularmente están enfocados en atraer turistas que llegan con los cruceros. Ayer sentí que estaba en Veracruz. Habían viejitos jugando ajedrez, de ésos que son elegantes y usan sombreros. Habían jóvenes bohemios como salidos de un circo viejo. Pero yo lo que quería era conectarme para investigar sobre procesos de empacado de alimentos. Así que me acerqué a la barra y pregunté: disculpe joven, tiene interné?

Lo que pasó después definitivamente no era lo que yo esperaba. El tipo me dice con un tono serio: "Ven para acá...Ven para acá y huele esto". Sacó un puñadito de café y lo acercó a mi nariz. Qué amable gesto, casi lo inhalo todo... Mira, seguramente es un café muy bueno pero yo lo que quiero es trabajar, le dije amablemente, lo prometo.

Aquí lo que vendemos es café, no internet. Si quieres internet vete a un Starbucks.

Bueno, no recuerdo bien si tal cual me mandó a un Starbucks, pero sí fue enérgico con su argumento y para mis pulgas pude haberme ofendido mucho. Dicen que a veces soy un poquito quisquillosa. Poquito. Pero el tipo tenía un punto. Así que le dije: mira, yo en Puerto Rico sólo he probado el Café Yaucono y me gusta.

Error decirle al tipo de los ojos cristalinos que yo en esta isla sólo había probado ese ordinario y vulgar café... Error decirle que "sabía rico"(Pues qué carajos quiere... no soy una barista).

"Yo quiero un café y quiero sentarme a buscar información para que las cosas tengan un poco de sentido"pero él siguió en su defensa hasta que acordamos lo siguiente: yo probaría su café exquisito, inigualable e irreal y él me dejaría adueñarme de una esquina junto a la ventana. Era un trato justo.

Me senté en la esquina, en un sillón amarillo que me recordó la sala de mis abuelos, y poco a poco fui observando a las personas que llegaban. Todos me parecieron interesantes. Me habría sentado a conversar de nada con cada una de las personas que entraron y salieron en el transcurso de las dos horas que estuve ahí.

Sin internet sólo pude revisar a detalle la redacción de mi manual. No revisé mi estatus en facebook, no me llegó ningún correo, y si llegó nunca me enteré. En cambio platiqué con el señor de la barra, reí mucho con sus comentarios de locura y arte. No sólo me sentí acompañada; por primera vez en meses sentí que alguien comprendía mi angustia y mi falta de sentido. También coincidí con una persona que ya había llamado mi atención en una librería. Platicamos un ratito. Un pequeño pequeño ratito que me supo tan rico como el café latte que probé. Todo eso en dos horas de lluvia, desconectada del mundo en un café sin nombre...


lunes, 9 de diciembre de 2013

Sabe usted cómo manejar las pérdidas? Yo no.

Hace diez años viví en Argentina durante un año. Aprendí de Buenos Aires lo suficiente como para comprender la siguiente frase: "Boluda, se me cayó la estantería". Esas palabras... por qué me daban tanta risa? La idea de pensar en la dedicación que a veces tenemos para hacer planes sin saber realmente lo que queremos es cosa seria, y luego llegan las olas del mar y en un segundo borran de la orilla nuestro frágil castillo de arena. Boluda, se me cayó la estantería...

Tenía 25 años cuando me enamoré profundamente de alguien. Sentí ese amor que llena el cuerpo, ocupa la mente e invade la razón. Toda yo irradiaba luz. Estaba enamorada y me sentía plena. Pero las cosas al final no resultaron. Así que a los 26 aprendí de mala manera lo que es tener el corazón destrozado e inicié una caída en espiral que hoy extrañamente puedo valorar.

Se me cayó la estantería, no hay más. No entendía mi vida, no sabía hacia dónde moverme. Todo me dolía. El DF me dolía todito. No quería comer, no podía dormir. Qué se supone que uno debe hacer después de las olas del mar?

Mudarme. Esa fue mi solución. Me fui a vivir a San Miguel de Allende. Me retiré del mundo. Me retiré con los que se retiran y jugué domino los martes y los jueves. Tomé la siesta de 3 a 4 y fui a la plaza a escuchar boleros. Envejecí a los 27 años.

Fue una época extraña. Hay gente que llena su casa de gatos, utiliza ropa rota, no se corta las uñas... yo compraba plantas. Tuve en esa época la terraza más floreada y sola del conjunto. Me decían "la joven viuda". Nadie entendía porqué una mujer de mi edad vivía en un conjunto para personas retiradas. Era, sin exagerar, la más joven y la única soltera. También tenía el peor humor del mundo.

No sé si todos en el mundo sepan lo que es pasar un año sin reírse. Yo sí.

Después tuve un sueño y por obedecerlo me mudé a Querétaro. Dormí en el suelo, tuve una roomie que tenía un perro nefasto que se comió mis tacones y orinó mi sillón de rosas... pero aprendí a vivir con alguien, aunque no fue fácil.

Querétaro fue un limbo suave. Obtuve una beca, estudié una maestría... y me fui reinventando poco a poco. Mientras, mi personaje arisco aún ocultaba mi corazón triste... y ahí estaba yo, sufriendo el calor, mientras mis brazos se llenaban lentamente de pecas.

Poco a poco fui admitiendo mi herida. No quería decirle a nadie que había perdido; que no había sabido manejar la pérdida de lo que un día imaginé para mí. Pero la realidad es que nunca tuve una expectativa clara. La vida ponía en mi camino objetos y yo los hacía míos porque estaban ahí. Yo nunca le he dicho a la vida: yo quiero esto. Me siento pequeña y poca cosa. Cómo voy a pedirle algo si me ha dado todo. Cómo atreverme a pedir más? Así que en Querétaro tuve el trabajo que la vida puso en mi camino. Tuve los amores que la vida dio. No tengo filtro. Tomo las cosas como llegan y eso ciertamente es un error.

Andar por la vida sin saber qué es lo que realmente se desea sale muy caro. Mudarse y mudarse para olvidar a alguien... también es caro. La cobardía paga mal.

Ahora estoy en Puerto Rico... vine con todas las ganas de armar de nuevo un castillo, pero la isla ha dejado muy claro que aquí las olas también pueden derrumbarme.




viernes, 6 de diciembre de 2013

Sobre el rechazo del cuerpo y el camino a la reconciliación

Todo empezó con un simple comentario: "a esa vieja se le olvidaron los pantalones". Era una mujer alta, vestía una blusa color mamey y unos shorts muy pequeños color azul. Yo fui honesta cuando dije: quisiera tener el valor que ella tiene para ponerse esa ropa y salir a la calle. Y lo repito, fui honesta.

Yo comencé a engordar como a los 10 años, no recuerdo muy bien porqué razón mi cuerpo comenzó a acumular más grasa. Pero pasó que mi mamá un día, cuando me llevó a comprar ropa interior, creó sin saberlo el trauma más grande con el que he tenido que lidiar durante casi 20 años.

Ojo. No puedo culpar a mi mamá. No ahora que tengo 30 años, pero este camino comenzó el día que mi mamá me forzó a mirarme al espejo mientras sostenía una foto en la que yo salía más delgada. Era simple, practicaba 4 horas diarias para estar en el equipo de nado sincronizado. Sólo que un día vi cómo las niñas le abrían la puerta a una nena del equipo y se burlaron de su cuerpo y desde entonces no quise volver. Yo no quería ser sometida a una humillación que se estaba convirtiendo en una costumbre dentro del equipo. Así que simplemente dejé de ejercitarme y continué comiendo como lo hacía cuando era una deportista. Sólo que eso es algo que nunca le conté a mi mamá y ella simplemente veía cómo su hija comenzaba a acumular grasa y a requerir tallas más grandes de ropa interior.

Mi mamá me forzó a mirarme durante unos minutos en el espejo y yo lo único que veía era su desaprobación. Empecé´a llorar, no quería mirar, pero ella me levantó la cara y me forzó a mirar mi cuerpo. En mi familia todas las mujeres han sido gordas y mi mamá es la única que siempre movió mar y tierra para mantener su figura de 90-60-90. El sobrepeso para ella no era una opción.

Me imagino que para ella no fue fácil ver cómo su hija iba engordando como lo habían hecho todas las mujeres de su familia. Y es así como pienso que comenzó el camino del rechazo y la reconciliación con mi cuerpo femenino. Me pasó como los cantos y las leyendas, de madre a hija, a través de las palabras.

El rechazo al cuerpo comienza con las palabras que otros nos dijeron: palabras de burla o de rechazo. Y son palabras que duelen, que dejan una marca invisible y nos roban lentamente la felicidad. Yo ya no podía mirarme al espejo de la misma manera y apenas tenía 10 años.

Seguí engordando y para cuando tenía 13 años estaba preocupada. Quién iba a quererme con unos kilos de más? Ya sentía que mi mamá no me quería. Mi temor a no ser amada o aceptada me llevó a cometer verdaderas estupideces. No sólo fueron dietas, tecitos nefastos que te dan diarrea para que te deshidrates 10 días. Fue lo que más adelante se diagnosticaría como principios de bulimia.

Yo amaba la comida, me encantaba su sabor. Sólo era el resultado de la comida lo que no quería. Así que era más fácil comer y después ir a vomitar. En esa época también comencé a pedir que me compraran mi revista mensual De 15 a 20 en la que aparecían niñas más altas y delgadas que yo. No sólo deseaba vestirme como ellas sino que de pronto nada de lo que era propiamente mío me gustaba.

Mi pelo no era lacio, mi abdomen no era plano y en cuestiones de altura... ni siquiera hoy alcanzo fácilmente los muebles de la cocina.

Creo que nunca me sentí tan insuficiente y poca cosa como cuando fui adolescente. Es una época en la que no sólo vives los cambios hormonales más cabrones de tu vida, sino que además tienes que lidiar con un bombardeo mediático cuyo único mensaje es que no eres suficientemente en nada.

Y cada verano en la playa era lo mismo. Veía el mar y lo único que quería era correr hacia él y nadar como cuando era niña, pero la vergüenza que sentía de mi cuerpo me dejaba sentada toda la mañana, mientras miraba cómo otros se divertían y estaban en movimiento.

El no aceptar mi cuerpo me robó durante muchos años la alegría de vivir. Porque cuando no aceptas tu cuerpo simplemente no aceptas la vida tal y como va llegando.

El camino a la reconciliación

Para mí, la aceptación de mi cuerpo ha significado el reconquistar espacios y vivencias a las que fui renunciando por sentirme insegura. Es como si al aceptar un comentario negativo en el que se critica tu cuerpo perdieras una batalla y de castigo te retires al exilio de la vida misma. De pronto la playa ya no  es un espacio en el que disfrutas del sol y el mar, sino un escaparate en el que tu cuerpo te hace vulnerable y necesita ser cubierto para poder andar. Comprar ropa se convierte en un motivo de frustración porque has crecido y nunca en tu vida gozaste del privilegio de ser talla 0.

Yo sé que esto no es nada nuevo y que al hablar de este tema no estoy descubriendo el hilo negro. Pero ése es justamente el problema: Después de 20 años de saber que no hay cuerpos perfectos, sigo librando una batalla para aceptar y disfrutar mi cuerpo.

Por qué si sabemos que las revistas muestran una "realidad" modificada con Photoshop continuamos sintiéndonos mal con lo que miramos en el espejo? por qué permitimos que niñas de 7 años se vean afectadas en su autoestima y presenten casos de anorexia?

Tal vez nosotros mismos no hemos sabido cómo reconciliarnos con nuestro cuerpo y por eso mismo permitimos de forma inconsciente que los niños padezcan la misma agresividad mediática que nos bombardea con estereotipos que ni siquiera existen. Las muñecas Barbie no han dejado de venderse. No hemos dejado de imponer ciertos estereotipos a los jóvenes. No hemos dejado de juzgar a la "mujer valiente" que ama sus piernas con celulitis y sale al bar con unos shorts pequeños y ajustados.

A mí me ha costado mucho aceptar que vivo librando una batalla en la que prácticamente es mi cuerpo el que me padece. He recorrido un camino que aún no concluyo pero quisiera compartir lo que he hecho para aceptarme y quererme.

Un bikini amarillo
Lo primero que hice pasó cuando tenía 15 años. Le pedí a mi papá que me comprara un bikini. En el universo de las revistas que yo leía sólo las modelos cuyo abdomen es perfectamente plano y marcado pueden llevar un bikini sin verse ridículas. Así que mi papá me llevó a comprar un bikini, me ayudó a cambiar las tallas porque obviamente tenía menos pechos que cadera y después me llevó a la playa. Cuando sentí la frescura del agua en mi barriga decidí que nunca más iba a sacrificar esa caricia que el mar me daba sólo por miedo a que los demás se dieran cuenta de que no soy delgada.

Un atardecer nadando
Después, cuando estudiaba la preparatoria veía a las niñas de los equipos de natación y sentía envidia. Yo quería ir a nadar a las albercas que habían en las instalaciones cabronas y enormes del Tec, pero sentía tanta pena de mi cuerpo que mejor me salía en los recesos y me iba con mis amigos a fumar. Toda mi preparatoria está marcada por experiencias que pudieron matarme y yo no estuve sola. Mis amistades también tuvieron que lidiar con problemas de adicciones, anorexia y soledad.

Cómo fue posible que contando con tantos medios para disfrutar esa etapa, nosotros estuviéramos todo el tiempo tan drogados y tristes? Durante más de 5 años pasé mi vida borracha, fumando... y llegué a pesar 70 kilos. Nunca entré a la alberca mientras estuve en la prepa, tampoco jugué tenis con nadie, prefería pagar clases particulares a tener que convivir con equipos en los que podía ser rechazada. En esa época necesitaba tomar para animarme a decir hola. Lo único que escuchaba de mi mamá es que no tenía tolerancia a la frustración y que era débil, y en la familia no faltaba el primo imbécil, dedicado a hacer burlas sobre mi peso. Mis sobrenombres familiares eran: tanquecito de guerra y enana. Sí, me daban risa, pero también me lastimaban.

Tuve que alejarme de esa época. Olvidarla. Perdonarla. Hundirme un poco más. Volver. Tuve que aprender a callar a quienes me dañaban, aunque después dijeran que era agresiva, que no tenía modales. Y la pasé muy mal. En más de una ocasión, por exigirle respeto a los demás he sido catalogada como loca o bipolar.

Cedí el poder a gente que no cuida lo que sale de su boca. Gente inconsciente que critica los cuerpos de las demás personas y no mide el daño que les hace. Durante mucho tiempo me castigué al no poder vivir lo que tanto quería, hasta que poco a poco fui "reclamando" mi derecho a disfrutar mi cuerpo. Dejé de tomar. Dejé de fumar. Dejé a los amigos de esos tiempos. Descubrí otras formas de alimentarme y de pasar mis tardes. También tuve que aprender a divertirme y relacionarme sin pretextos como el cigarro o las fiestas. Bajé de peso y tuve que lidiar con la inseguridad de mi pareja, con los piropos indeseados de los hombres en las calles. Y la inseguridad volvía.

Pero para cuando más dispuesta estaba para recuperar mi vida enfrenté una nueva noticia. A los 25 años, después de unos cuantos excesos, estaba enferma. Su nombre: síndrome de Hashimoto. Su especialidad: atacar a mi tiroides, la cual por cierto, regula los procesos metabólicos que entre otras cosas se encargan de la asimilación de nutrientes y acumulación de la grasa.

Yo no sabía, pero cuando pesaba 70 kilos realmente estaba enferma. Curiosamente fue la época en la que mi "mejor amigo" más se burló de mí por mi gordura. Me pellizcaba la panza, se reía de mi cara redonda... Sí, es cierto, las personas más cercanas son las que más nos hacen daño con sus comentarios, porque les da risa, porque quizá su cercanía hace que olviden los modales más básicos o la empatía.

El doctor me indicó algo que cambió mi vida: Tienes que hacer ejercicio, diario. Es la única forma de atacar tu enfermedad. Ejercicio y dieta libre de gluten. No tenía otra opción, pero tenía miedo. Los niños le temen a la oscuridad. Yo a los 28 años le tenía miedo al gimnasio. De nuevo tenía que enfrentarme al temor de ejercitarme en un lugar público. El gym me daba mucha pena, sobre todo la parte dónde se levantan pesas llena de hombres, mamados, que miran a las mujeres de cierta forma.

Hay alguien que le ha tenido miedo a un gimnasio? Yo creo que sí, por algo en mercadotecnia cada vez  más aumentan los servicios dirigidos hacia las mujeres que no quieren ser atacadas, molestadas, hostigadas o como ustedes quieran llamar a esa sensación de no querer ser vista por los otros. De qué nos protegemos no lo sé, pero creo que las mujeres somos más vulnerables a estos procesos de percepción que los hombres.

A los 28 años regresé al Tec para estudiar la maestría en Querétaro y ahí había una alberca. No era tan profunda, tan grande, pero tenía algo: estaba el sol todas las tardes brillando, al aire libre. Yo caminaba por ahí, veía el agua, sentía tantas ganas de sumergirme en ella. Pero de nuevo, estaba gorda. Cómo iba a ir a nadar, cómo iba a mirarme alguien en traje de baño...

Después pensé en mis últimos 10 años escolares. Siempre estuve en escuelas que tenían instalaciones cabronas... desperdiciando.

Así que decidí que así como me había puesto un bikini para sentir la sal del mar en mi cuerpo, así debía reconciliarme con el agua de las albercas en las que hay hombres que miran atentos mientras te sumerges. Primero conquiste el cloro de la alberca y después las caminadoras del gimnasio.

Ha sido un proceso. Todos piensan que soy una persona segura, autónoma y alegre. Cuando me describen así pienso "De quién hablan?" qué no saben de mi miedo a la zona de pesas en el gimnasio?

Mi último logro fue ser la única mujer en las clases de boxeo, junto a la zona de pesas, lanzando golpes.

Y es así como he ido recuperando espacios para sentirme feliz y disfrutar la vida. Empecé con el mar, después seguí con el gimnasio. Mi reto actual... la cama. Todavía no puedo desnudarme frente a un hombre sin sentir que debo cubrir mi cuerpo, pero estoy en el proceso.

Agradezco a todas las amigas que el día de hoy compartieron conmigo sus "traumas" y experiencias. Por favor, continúen reflexionando sobre el tema y dejen un comentario en el blog.

La única forma de vencer este rechazo es hacerlo consciente al traerlo a la superficie con nuestros relatos.

Creo que si comenzamos por aceptar nuestro cuerpo podremos aportarle algo diferente a las generaciones que nos siguen.

Monse